Francisco creará en pocos días los nuevos cardenales que deberán participar (si no han cumplido 80 años de edad) en la elección del nuevo Papa algún día. Entre ellos tres son argentinos: uno es monseñor Víctor “Tucho” Fernández, que desde el lunes 11 asumió por decisión de Jorge Bergoglio la presidencia del estratégico Dicasterio de la Doctrina de la Fe, uno de los más importantes de la Curia romana.

El 4 de octubre se inicia el Sínodo de los Sínodos que sesionará durante el resto del mes. Hay una segunda parte que deliberará un año después. Y ya se prevén conflictos y enfrentamientos.

El Sínodo mundial de obispos tratará todos los temas que dividen a la Iglesia en medio de crecientes tensiones y amenazas de cisma que se lanzan los distintos sectores.

Nunca los obispos del mundo se han reunido para tratar reformas que, si aprobadas, darían un nuevo rostro, para algunos irreconocible a la Iglesia.

La situación de las siempre postergadas mujeres, que forman la mitad del catolicismo, su acceso al menos al diaconado pero con perspectivas de que puedan ser sacerdotes. También el matrimonio de los curas de rito latino y los amplios y difíciles temas sexuales.

La aceptación y bendición de los matrimonios gay, por ejemplo. De hecho las reformas obligan a reformar en profundidad el mismo gobierno de la Iglesia, la relación con de mil trescientos millones de bautizados con 600 mil obispos y sacerdotes.

Contra el bloque favorable al pontífice, en los papeles mayoritario, la confrontación está divida en dos alas muy agresivas, que se lanzan la acusación de cismáticas.

Enfrentamientos entre reformistas y conservadores

Dentro de la Iglesia norteamericana están los conservadores que guían o influyen sobe los del resto del mundo. En el campo renovador, la vanguardia de los que están a favor de los grandes cambios actúan en la iglesia alemana.

El Papa Francisco, este miércoles, durante la audiencia semanal en el Vaticano. Foto: AP  El Papa Francisco, este miércoles, durante la audiencia semanal en el Vaticano. Foto: AP

Este prólogo explica la importancia de un nuevo cortocircuito que enfrenta al Papa con los conservadores pero también lo obliga a contener los cambios más audaces que pretende la Iglesia alemana. En junio el Papa envió dos monseñores a una visita apostólica para indagar sobre un ultraderechista cuya figura ha crecido en los últimos años. Se trata de monseñor Joseph Edward Strickland, 64 años, consagrado obispo de Tyler, Texas, por decisión de Benedicto XVI, el alemán Joseph Ratzinger, en 2012.

Las posiciones de monseñor Strickland han radicalizado sus críticas al Papa argentino.

Monseñor Strickland dijo que “si el Papa me pide que me retire no renunciaré. Como principio básico no puedo renunciar al mandato que me dio el Papa Benedicto XVI”.

“Por supuesto que el Papa puede destituirme, pero yo no renunciaré voluntariamente”, remarcó.

El abogado canónico y profesor de la Universidad Católica de América, John Beal, opinó que un obispo puede ser “privado” de su cargo como castigo, pero después de un juicio penal por algún delito canónico. Beal expresó sus dudas de que el obispo Strickland haya cometido algo parecido a un “delito punible”.

Las rígidas posiciones del titular de la diócesis de Tyler cuentan con una gran popularidad entre los fieles católicos estadounideses de tendencias tradicionalistas contrarias a las medidas de renovación que serán puestas en discusión en el Sínodo de los Sínodos que está por comenzar.

La conferencia episcopal de EE.UU. es controlada por una mayoría conservadora, cuyo líder natural es el arzobispo de Nueva York, cardenal Timothy Dolan, que enfrentará las reformas.

Monseñor Strickland es ya llamado “el obispo de América” y hace unos meses remató sus objeciones con la conclusión de que el Papa “no respeta el depósito de la fe”, una acusación gravísima.

Existe la certeza entre los adversarios del Papa que si Francisco decide destituir a Strikland, tras las inspecciones que estudiaron sus posiciones y algunas acusaciones de irregularidades administrativas, la visibilidad y la influencia del obispo rebelde se acentuarán entre los 60 millones de católicos norteamericanos.

Contra Joe Biden y los demócratas

Monseñor Strikland hizo toda una campaña contra el partido Demócrata y contra el presidente Joe Biden. “No se puede ser católico y demócrata”, dijo. El obispo sostiene, como muchos dirigentes de la iglesia de EE.UU., que Biden no puede seguir siendo el segundo presidente católico de EEUU (después de John Kennedy) y mantener su apoyo a leyes que permiten el aborto y otras medidas contrarias a las enseñanzas de la religión.

El Papa recibió al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en octubre de 2021 en el Vaticano. Foto: EFE El Papa recibió al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en octubre de 2021 en el Vaticano. Foto: EFE

El Papa y el sector renovador de la Iglesia han defendido la posición del presidente Biden, quien dice que se limita a defender una ley aprobada por el Congreso (aborto) porque debe respetar la Constitución.

Es probable que el Papa no tome decisiones sobre el futuro de monseñor Strikland en los próximos meses, aunque el obispo rebelde haya dado un nuevo golpe en su enfrentamiento con el pontífice en mayo, al proclamar que “monseñor Lefevbre no fue cismático”.

El fallecido obispo francés Marcel Lefebvre fue fulminado por el Papa Juan Pablo II, al cometer el último cisma que ha desgarrado la unidad de la Iglesia, al consagrar obispos sin mandato apostólico a cuatro de sus seguidores en la Fraternidad Sacerdotal de San Pio X, con sede en Suiza. El obispo norteamericano dijo que la Fraternidad fundada por el fallecido Lefebvre “no es cismática”, una posición que ahonda su enfrentamiento con Francisco.

Juan Pablo II, que siguió siempre una línea tradicional en sus 26 años de reinado apostólico, envió una carta a monseñor Lefebvre pocos días antes de excomulgarlo, el 24 de febrero de 1987. Karol Wojtyla sentía hondamente la herida causada por el obispo francés y no le ocultó el dolor que sufría al tener que castigarlo. En la misiva le pedía “volver humildemente a la plena obediencia al Vicario de Cristo”.

El Papa le pidió a Lefebvre que obedeciera “por las llagas de Cristo”. El cisma lefebvriano prosigue hasta hoy.

Es evidente que el apoyo del obispo norteamericano a la acción cismática del ultraconservador monseñor Lefebvre debe causar urticarias en el Vaticano porque representa por parte de monseñor Strinkland una para nada velada amenaza.